“Guardianes invisibles: los desafíos de la seguridad privada en la propiedad horizontal en Colombia”
“Guardianes invisibles: los desafíos de la seguridad privada en la propiedad horizontal en Colombia”
Introducción
En Colombia, hablar de seguridad es hablar de una de las mayores obsesiones colectivas. Las cifras de criminalidad, la percepción ciudadana de inseguridad y la sensación de vulnerabilidad en los espacios públicos han llevado a que la seguridad privada se convierta en un actor clave en la vida cotidiana de millones de personas. Uno de los escenarios donde este fenómeno se manifiesta con más fuerza es la propiedad horizontal: edificios residenciales, conjuntos cerrados, centros empresariales y complejos comerciales que concentran buena parte de la vida urbana del país.
Sin embargo, detrás de la garita, del vigilante que recibe el paquete o del guardia que anota las placas del visitante, se esconde un entramado de tensiones, retos y vacíos. La seguridad privada en la propiedad horizontal se enfrenta hoy a desafíos estructurales que no solo comprometen la calidad del servicio, sino también la convivencia y la sostenibilidad de este modelo de vida urbana.
Esta columna busca poner en perspectiva esos retos, analizar su dimensión social y abrir la conversación sobre cómo debe transformarse este sector para responder a las necesidades reales de las comunidades.
La propiedad horizontal: microcosmos de la seguridad
La propiedad horizontal en Colombia no es solo un modelo jurídico-administrativo, sino un microcosmos social. En ciudades como Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla, gran parte de la población vive en conjuntos residenciales. En estos espacios, el vigilante privado no es solo un trabajador contratado para abrir puertas; es también mediador, testigo, regulador del ingreso, y en muchos casos, el rostro más visible de la autoridad en la vida diaria de los residentes.
Este rol, sin embargo, se encuentra tensionado por múltiples factores:
La normatividad (Ley 675 de 2001 sobre propiedad horizontal y las regulaciones de la Superintendencia de Vigilancia y Seguridad Privada) establece responsabilidades, pero muchas veces sin la claridad operativa suficiente para los consejos de administración y las empresas de seguridad.
La informalidad laboral y la alta rotación en el sector generan falta de confianza entre comunidades y empresas prestadoras.
Las expectativas desproporcionadas de los residentes: el vigilante termina siendo llamado a resolver desde un conflicto entre vecinos hasta problemas de disciplina de adolescentes, muy por fuera de sus funciones.
El impacto de la inseguridad urbana: robos, fleteo, suplantaciones y delitos organizados que ven en la propiedad horizontal una puerta de entrada atractiva.
En este escenario, el vigilante es tanto guardia como chivo expiatorio: recibe el reconocimiento si las cosas salen bien, pero la culpa inmediata cuando ocurre un incidente.
Retos estructurales de la seguridad privada en la propiedad horizontal
1. Profesionalización del personal
El primer gran reto es la profesionalización. Aunque existen normas que exigen formación y capacitación, en la práctica los procesos son desiguales. Muchos vigilantes reciben cursos básicos, pero carecen de herramientas para enfrentar situaciones complejas de convivencia, emergencias médicas o protocolos de seguridad tecnológica.
La propiedad horizontal exige mucho más que un portero tradicional: requiere operadores capacitados en derechos humanos, resolución de conflictos y manejo de crisis. Sin embargo, los salarios ofrecidos son bajos, lo que limita la atracción de talento y refuerza la rotación.
2. Tecnología y resistencia al cambio
La seguridad hoy no puede concebirse sin tecnología: circuitos cerrados de televisión, lectores biométricos, apps de control de acceso, sensores inteligentes. No obstante, la incorporación tecnológica enfrenta dos barreras: el costo para las copropiedades y la resistencia cultural de algunos residentes que desconfían de sistemas digitales.
Muchos conjuntos operan con tecnología obsoleta, lo que crea una falsa sensación de seguridad. Peor aún, la tecnología mal implementada termina siendo un riesgo adicional: cámaras sin mantenimiento, sistemas sin respaldo o protocolos que nadie conoce.
3. Relación comunidad–seguridad
Uno de los mayores retos es la relación entre la comunidad y el personal de vigilancia. Los residentes tienden a ver al vigilante como un subordinado, olvidando que es un profesional con funciones claras y responsabilidades reguladas por la ley. Esa asimetría genera tensiones: exigencias arbitrarias, trato irrespetuoso y desconocimiento de los límites de su rol.
Aquí emerge un problema de fondo: la cultura ciudadana. La seguridad en propiedad horizontal no puede depender solo de un vigilante en la portería; es un proceso de corresponsabilidad. Sin embargo, los residentes suelen trasladar toda la carga al trabajador de seguridad, mientras ellos mismos incumplen normas básicas de convivencia.
4. Criminalidad organizada y modus operandi sofisticados
Los delincuentes conocen la dinámica de la propiedad horizontal. Suplantaciones de domiciliarios, falsificación de documentos, fraudes digitales y complicidad interna son parte del repertorio. La vulnerabilidad se acentúa cuando los protocolos no son claros, cuando el vigilante es presionado por residentes que lo obligan a “hacer excepciones”, o cuando no existe una cultura de denuncia.
La seguridad privada debe adaptarse a un crimen urbano cada vez más sofisticado, pero muchas veces opera con herramientas mínimas.
5. Marco regulatorio fragmentado
Aunque la Superintendencia de Vigilancia y Seguridad Privada regula el sector, las juntas y consejos de administración muchas veces desconocen las normas. Se contratan empresas de vigilancia sin verificar su legalidad, se improvisan protocolos y se recortan presupuestos en detrimento de la calidad.
La ley existe, pero la supervisión y el cumplimiento son parciales. Esto convierte al sector en un terreno fértil para la informalidad y los vacíos de responsabilidad cuando ocurre un incidente.
El peso invisible: seguridad como servicio esencial
Un aspecto paradójico es que la seguridad privada es tratada como un servicio accesorio, pero en realidad es esencial. Ningún conjunto residencial en una ciudad grande puede prescindir de vigilancia. Y, sin embargo, los trabajadores del sector reciben salarios bajos, condiciones laborales difíciles y poca valoración social.
Esto plantea una reflexión incómoda: ¿qué dice de nuestra sociedad que depositemos nuestra tranquilidad en personas a quienes apenas reconocemos y en quienes invertimos lo mínimo posible?
Oportunidades y tendencias
A pesar de los retos, el futuro ofrece caminos:
Capacitación avanzada: formar al personal en derechos humanos, mediación, tecnología y primeros auxilios.
Integración tecnológica inteligente: sistemas biométricos, IA aplicada a la seguridad, drones y sensores interconectados.
Corresponsabilidad comunitaria: programas de cultura ciudadana que hagan entender que la seguridad no es solo responsabilidad del vigilante.
Mejorar las condiciones laborales: dignificar el rol del vigilante es clave para reducir rotación y fortalecer la confianza.
Seguridad preventiva y no reactiva: pasar del enfoque de “vigilar puertas” a estrategias de gestión de riesgo y prevención de incidentes.
Conclusiones
La seguridad privada en la propiedad horizontal en Colombia enfrenta un dilema crucial: o se transforma en un sector profesional, tecnológico y corresponsable, o seguirá siendo un parche vulnerable en un país marcado por la inseguridad urbana.
Los vigilantes son los guardianes invisibles de la vida urbana, pero su papel solo será sostenible si se reconoce que no basta con tener un hombre en la portería; se necesita una comunidad comprometida, un marco regulatorio más estricto, empresas serias y una inversión real en tecnología y formación.
De lo contrario, la seguridad seguirá siendo un espejismo: una barrera frágil que tranquiliza, pero no protege.
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