Colombia, país donde hasta los números son de derecha
Colombia, país donde hasta los números son de derecha
En Colombia todo tiene estrato: la casa, la factura de la luz, la nevera y hasta la autoestima. Y como si la matemática no fuera ya bastante ingrata, el presidente decidió declararle la guerra al más sospechoso de todos: el seis.
La escena
Imagine un día cualquiera en Bogotá: al norte, un balcón con vista a los cerros; en la mesa, café importado servido en taza minimalista; y el silencio cómodo de quien vive donde las facturas llegan con recargo. Allí habita el enemigo. No un político corrupto, no un capo de novela… no: un ciudadano que por el simple hecho de estar en el estrato equivocado, se ganó el odio presidencial.
Lo paradójico es que el estrato seis no ha hecho nada distinto a lo que el sistema le pidió: trabajar, pagar impuestos, sostener con sobrecargos los servicios públicos de los demás. Es, si se quiere, la vaca que se deja ordeñar mientras el resto de la finca lo mira con recelo. Y aun así, ha terminado convertido en el villano oficial de la narrativa política.
El discurso y la paradoja
Petro lo ha dicho sin rodeos: detesta al seis. Para él, es el símbolo de la desigualdad, el club privado donde los problemas nacionales nunca llegan porque se quedan atascados en el trancón de la 30.
Pero lo que se le olvida al presidente es que su propia vida se parece bastante a aquello que critica. No hablamos solo del Palacio de Nariño, que ya de por sí es la máxima representación de los privilegios, sino de su amplia casa en Chía, con jardines y comodidades que cualquier familia de estrato medio apenas puede soñar. También se olvida de mencionar que varios de sus hijos han estudiado en el exterior, pagando matrículas en dólares o euros, lejos de las universidades públicas que él exalta como estandartes de igualdad.
Mientras tanto, los viajes presidenciales se hacen en aviones privados y las caravanas de seguridad bloquean avenidas enteras. Difícil predicar austeridad desde semejante tarima. La contradicción es tan evidente que raya en lo cómico: odiar al estrato seis mientras se vive con lujos de un hipotético estrato siete.
El absurdo numérico
En un país donde faltan hospitales, escuelas y vías, la nueva cruzada parece ser contra un número. Lo curioso es que mientras el gobierno declara su odio matemático, los demás estratos miran de reojo:
El cuatro sigue confundido: ni rico, ni pobre, pero siempre pagando sin recibir nada a cambio.
El tres, que carga con la etiqueta de “clase media”, se sacrifica con impuestos, matrículas, créditos y servicios, pero apenas alcanza para sobrevivir. Vive convencido de que algún día ascenderá, aunque el ascensor social esté dañado desde hace décadas.
El dos, resignado, espera que le llegue el milagro en forma de subsidio.
El uno observa desde la distancia, confiado en que mientras el seis sea castigado, algo caerá de la mesa.
Y el cinco, que siempre pasa de agache, agradece no haber sido mencionado todavía en la guerra numérica.
Al final, la verdadera desigualdad no la inventó ningún estrato, sino un Estado que encontró más rentable culpar a los ciudadanos que asumir sus propias falencias.
La contradicción hecha política
El discurso contra el seis es útil porque genera aplausos fáciles. Es el nuevo chivo expiatorio de la retórica oficial. Pero no deja de ser un juego peligroso: dividir al país por números en lugar de unirlo por soluciones.
La crítica al privilegio sería legítima si viniera de alguien que viviera como la mayoría. Pero resulta difícil tomar en serio a un presidente que odia el estrato seis mientras disfruta de una vida que el seis jamás podría costear. Suena más a resentimiento simbólico que a política real.
El estrato seis, mientras tanto, sigue en sus balcones, haciendo cuentas para pagar los impuestos, el predial y las tarifas de servicios infladas, todo mientras ve en la televisión que es culpable de los males nacionales.
Y así se confirma lo insólito: en Colombia hasta odiar se hace por estratos, y el presidente, desde su propia comodidad, ha decidido que el villano de la nación es un número.
Olga 🤪✍️🍷

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