Greta, la activista de alquiler
Greta, la activista de alquiler
Y allí va otra flotilla hacia Gaza, más lenta que el Transmilenio un lunes festivo, pero cargada de cámaras y discursos. Entre los pasajeros de lujo, cómo no, aparece Greta Thunberg. Sí, la joven que empezó regañando a medio planeta por calentar el clima y terminó convertida en una especie de consultora VIP del drama internacional.
Greta es hoy lo que en la antigüedad se llamaba un mercenario, pero en versión eco-friendly: no empuña un fusil, sino una pancarta. Se alquila para la causa que usted necesite, siempre y cuando garantice titulares, buena iluminación y, por supuesto, un público occidental dispuesto a aplaudir con culpa.
Un día es el fin del planeta por el CO₂, otro día el feminismo, luego Gaza, y mañana quizá la defensa de los pingüinos veganos del Ártico. La coherencia no importa; lo que importa es que el llanto quede bien enfocado.
Lo curioso es que Greta jamás protesta frente a las verdaderas chimeneas del mundo: ni en Pekín, ni en Moscú, ni en Teherán. Allá no hay cámaras, y además la policía no es tan tolerante. En cambio, contra Israel y las democracias occidentales, siempre hay tiempo, energía y discursos escritos con marcador verde.
Así, Greta se sube a la flotilla con cara de Juana de Arco naval, convencida de que sus trinos en Twitter cambiarán la geopolítica. Al final, la ayuda humanitaria se revisa, los barcos regresan, y lo único que queda flotando en el mar es la imagen de Greta, como si fuera un salvavidas inflable de ocasión.
La flotilla podrá no romper el bloqueo, pero Greta sí rompe récords: el de aparecer en todas las causas posibles sin entender ninguna. Y si mañana la invitan a protestar contra la extinción del dinosaurio azul de Macondo, allá estará, diciendo con voz solemne: “¿Cómo se atreven?”
Porque Greta no viaja por convicción, viaja por contrato. Y su verdadero puerto no es Gaza: es el mercado de la indignación internacional, donde siempre hay un comprador dispuesto a pagarle su llanto en cuotas.
Olga

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