Soldados sin tierra


Soldados sin tierra


Este no es un artículo, es un grito.

Un llamado para que Colombia mire de frente a sus soldados retirados, hombres que dieron sus años más valiosos a la patria y que hoy caminan sin tierra, sin rumbo y, muchas veces, sin oportunidades.


Mercenarios y contratistas: dos caminos, una misma raíz


Es verdad: hay militares retirados colombianos que han terminado en guerras extranjeras como mercenarios, luchando bajo banderas que no son la suya, al margen de la ley y arriesgando la vida por dinero rápido y sin garantías.

También es cierto que otros han encontrado una salida más digna, trabajando como contratistas privados de seguridad, bajo contratos legales, en tareas de custodia, vigilancia y protección de infraestructuras o personas en zonas de riesgo.


La diferencia es clara:


El mercenario pelea sin causa, sin contrato legal, solo por dinero.  El contratista privado presta servicios de seguridad bajo un contrato formal y con reglas claras.

Pero tanto uno como otro parten de la misma raíz: la falta de oportunidades en Colombia.  ¿Por qué, a pesar de los riesgos y del estigma, algunos aceptan convertirse en mercenarios?

Porque cuando la vida civil no ofrece empleo, cuando la pensión no alcanza, cuando la deuda aprieta y los hijos tienen hambre, la necesidad se impone a la dignidad.

Es la desesperación la que empuja a algunos a aceptar contratos turbios en países lejanos, aun sabiendo que allí pueden terminar muertos, presos o abandonados.  El problema, entonces, no es que existan colombianos convertidos en mercenarios, sino que nuestro país les haya negado alternativas reales para no caer en esa trampa.


El precio del olvido


El soldado colombiano está formado para resistir la selva, la montaña, la guerra irregular. El mundo entero reconoce su templo, pero en su propia tierra no encuentra espacio cuando regresa a la vida civil.  Se retirarán a los 40 o 45 años, aún jóvenes, pero sin pensión vitalicia, sin títulos profesionales, sin preparación para enfrentar un mercado laboral hostil.

Tienen familias que alimentar, hijos que educar y un país que les ofrece poco más que el silencio y el olvido.  No es ambición lo que los lleva a aceptar contratos internacionales, es necesidad.


Su derecho a un futuro digno


Así como cualquier ciudadano tiene derecho a migrar buscando mejores horizontes, también lo tiene el militar.

Buscar un salario justo, una vida estable y un futuro seguro para los suyos no es traición: es dignidad.  Mientras en Colombia se les estigmatiza, en otros países se les valora. El contraste duele: formamos soldados de élite para después dejarlos sobrevivir como puedan.


Prepararlos, no condenarlos


La deuda no es de ellos, es del Estado y de la sociedad. Colombia necesita dejar de señalar con el dedo y empezar a construir una salida real:


-Formación académica y técnica antes del retiro.

-Programas de inserción laboral y emprendimiento para los veteranos.

-Reconocimiento social y jurídico de su servicio.

-Acompañamiento psicológico y familiar en la transición a la vida civil.


No se trata de caridad, se trata de justicia.Un país que abandona a sus soldados se abandona a sí mismo.


Los hombres que un día vistieron el uniforme no merecen ser vistos como armas en alquiler. Son padres, hijos, hermanos que ofrecieron su vida por Colombia y que hoy reclaman algo tan básico como un lugar en la sociedad.


Soldados sin tierra es el reflejo de una nación que forma guerreros pero olvida ciudadanos.

Si no asumimos nuestra deuda con ellos, seguiremos exportando soldados al mejor postor, condenando a quienes lo dieron todo a cargar un estigma que no merecen.


Este manifiesto no pide compasión, exige justicia. Porque mientras no se dignifique al militar colombiano, seguiremos teniendo héroes sin patria y hombres sin tierra.


Olga Liliana Rojas Nieto.


 

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